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Edición: 208
SER PADRES HOY |
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3-4 AÑOS “QUIERO” Su palabra favorita |
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| Lo exigen todo, y a la voz de “ya”. ¿Tenemos que transigir con sus caprichos? |
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| Por el Lic. NorbertoMonterrey –Psicólogode Niñosy Adolescentes yex Docente–. |
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A estas edades, cuando se empeñan en conseguir algo a toda costa, no ceden bajo ningún pretexto. Pero eso no es lo peor: ¡lo malo es que lo quieren todo! En el supermercado llenan el carrito de helados, juguetes, zapatos o cualquier objeto que hayan visto anunciado en la tele; y si van un día al zoo o al parque de atracciones, por ejemplo, exigen subirse a todo, que les compren helados, pegatinas, muñecos...
NO SABEN ESPERAR En definitiva, piden cualquier cosa que entre en su campo de visión y les agrade. Son casi imposibles de conformar y es difícil negarse a sus antojos. Así que, muchas veces, los padres cedemos para que los niños no se pongan pesadísimos, por no oírles más o para evitar un escándalo. No cabe duda de que es una edad difícil para hacerles entender que existen límites. Los pequeños no saben esperar ni ser pacientes y, mucho menos, renunciar plácidamente a un deseo. Los caprichos se convierten en auténticas necesidades y son incapaces de demorar su anhelos. Si les decimos “Ahora no, más tarde”, arde Troya... Y es que es muy difícil que comprendan el significado de “luego”. El bombardeo de los medios de comunicación tampoco ayuda. ¿A que en más de una ocasión nos han sorprendido la destreza del niño en asuntos de moda o los mercados de consumo? ¡Pero si casi no sabe ni contar! ¿Cómo puede memorizar los nombres de todos los personajes de una serie de la tele? Y, por otro lado, nos ven a nosotros, los padres, que, sin darnos cuenta, podemos dar un ejemplo de mal precedente: ¿quién no ha dicho alguna vez “Hoy me voy a dar un homenaje” o no se ha lanzado a la compra compulsiva? Los niños no analizan nuestras conductas como si fueran expertos en comportamiento, pero sí son capaces de captar (e imitar) nuestra forma de consumir. Saben distinguir lo que es un capricho (una cajita de llamativos cosméticos que no necesitamos o unos dulces para saltarnos el régimen) de lo que no lo es (detergente para la ropa, arroz)... Y aprenden, ¡vaya si aprenden!, a reproducir y exigir lo mismo. Desde su punto de vista, los adultos hacemos lo que nos da la real gana. A ver, ¿por qué mamá y papá pueden darse el gustazo y el niño no? Saber negar algo en el momento adecuado y mantener la postura el tiempo suficiente es nuestro reto más difícil. Y es que, en muchas ocasiones, el “No” se convierte en “Dentro de un rato” y minutos después en “Bueno, está bien, pero es la última vez”. Los padres transgredimos con facilidad nuestras propias normas, bien por no estropear una agradable tarde de paseo con un berrinche (“Total, por unas pulseritas...”), bien porque confundimos el consumo con el afecto. Inconscientemente, colmamos de atenciones al niño para que esté contento con nosotros.
LA IMPORTANCIA DE DECIR “NO” Pero cuando los padres nos mantenemos firmes en las normas, ayudamos al pequeño a conocer qué comportamientos son aceptables y cuáles no y, con el tiempo, le enseñamos a canalizar mejor sus imperiosos deseos. En ciertos aspectos y momentos la firmeza es esencial: si nos dejamos intimidar constantemente por las amenazas de berrinche, el niño crecerá con grandes inseguridades. A fin de cuentas, si él manda sobre los adultos, ¿quién va a dirigir las cosas y cuidarle? Si decidimos que no le compramos una tortuga o que sólo se sube una vez a los caballitos (porque sabemos que la segunda vez baja mareado o porque el precio es abusivo), deberemos ser firmes y no ceder.
BUSCAR ALTERNATIVAS Tampoco se trata de que seamos sargentosporque, de esta forma, nos pasaremos el día repitiendo la misma cantinela: “No puedes tener esto”, “Ahora no”, “No te lo voy a comprar”... Nada nos impide ofrecer alternativas a una prohibición: ir un ratito a hombros de papá, como si fuera su caballito, es una opción imaginativa y diferente. Y también podemos hacer excepciones según las circunstancias y la personalidad del niño. Por ejemplo, si está acalorado y sediento, no tiene mucho sentido que insistamos con firmeza en darle agua. ¡Con lo rico y refrescante que es un helado de vez en cuando! Una cierta flexibilidad demuestra que los deseos de nuestros hijos también son importantes y, a veces, no tan descabellados. De hecho, no estaría mal que pensáramos algunas cosas dos veces antes de prohibirlas. Si no lo hacemos, perdemos el control de la situación y enseñamos al niño que cedemos a sus deseos arbitrariamente. Ponerse de acuerdo con la pareja y otros familiares respecto a las normas más básicas (higiene, seguridad, alimentación o sueño) es muy importante para evitar que el niño manipule a los mayores. El sabe perfectamente a quién le tiene que hacer pucheros, a quién ponerle ojitos o cuándo es el mejor momento para pedir algo. Aunque no pasa nada por dejar un poco de flexibilidad a la familia en cuestiones de menor importancia. A fin de cuentas, ¿quién disfruta más con ese algodón de caramelo, el abuelo o el niño?
Ellos viven sus antojos como verdaderas necesidades.
1 Piden algo y no queremos dárselo. Debemos dar instrucciones precisas en vez de largas explicaciones. En un tono firme pero amable diremos: “No, no puedes hacer eso, es peligroso” o “No, no vamos a comprar esto”.
2 Insisten una y otra vez. Si nuestras palabras no han surtido efecto (cosa habitual), sacaremos al pequeño de la situación o nos lejaremos de la zona donde se encuentra el objeto de deseo, explicándole el porqué y ofreciéndole una alternativa: “No te dejo que subas a la hamaca para que no te caigas, pero puedes...”.
3 Nuestra negativa provoca una rabieta. Tenemos que ser pacientes y no perder los nervios. Podemos ignorar la pataleta (vigilando que no exista peligro de que pueda dañarse o romper algo) o podemos retirarnos junto al pequeño a un lugar lo más neutro posible hasta que haya recuperado la calma.
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